viernes, 6 de mayo de 2011

Enero, condolencias y más...


 Siempre de la misma manera. Rígidas, sobrias, tremendamente melancólicas. Así eran mis mañanas desde que Lucía me dejó.
 Aún quedan frescos en mí los recuerdos de aquel fatídico enero de 1955, por lo que procederé a ilustrar con palabras los sucesos que me llevaron, en menos de 31 días, de ser un amante presuroso a un desconocido vagante, amable y condescendiente.
 Desde ya debo aclarar que me declaro libre de culpas, es más, lo hago ahora para que ni siquiera deban tomarse el trabajo de volver sobre mí al finalizar este capítulo…
 Yo conocí a Lucía 2 años atrás, en uno de mis viajes al interior y sería poco fiel a la verdad si no aclarara que empecé a amarla en cuanto la conocí. Fue en un viejo café en la ciudad de Reconquista (siempre recuerdo ese momento y no puedo evitar llorar como un chico). Ella permanecía inmóvil frente a una mesa, con la mirada perdida; como cuando uno espera vagamente algo y va perdiendo segundo a segundo las esperanzas de obtenerlo; así estaba ella, inmaculada y radiante hasta que mi torpeza y yo la confundimos con una mesera del lugar. ¡Vaya estúpido que fui!
 En ese entonces Lucía tenía 34 años recién cumplidos y pujaba por convertirse en médica pediatra porque amaba los niños (lo repetía siempre que podía). Quizás por ese particular detalle fue que cuando la tomé por moza reaccionó con tanta sutileza y ternura señalando con un movimiento de su dedo índice mi terrible equivocación.
 Pasaron algunos segundos entre mi equívoco gesto y el momento en que llegó Carlos Morán a mi mesa. Morán era un hombre de negocios con el habíamos montado una pequeña empresa constructora que realmente era un fraude. Nuestro mecanismo era el siguiente: Montábamos una oficina en ciudades medianamente grandes del interior en las que nos presentábamos como hombres de la gran ciudad,  invitábamos a inversores locales a formar parte de la oportunidad de sus vidas; les ofrecíamos departamentos a estrenar que eran una ganga en ciudades vecinas, a los que incluso organizábamos visitas guiadas, y luego nos alzábamos con el dinero hacia otras ciudades. Seguramente pensaran que es un plan algo tosco para una persona intelectual como yo, pero no se imaginarán, con seguridad, que la parte fundamental del éxito del plan, la de las visitas guiadas a los departamentos a estrenar fue idea mía. Sólo a mí se me había ocurrido ofrecer algún dinero a los albañiles para obtener su permiso a la obra en construcción.
 Más allá de eso, con Morán acordamos encontrarnos en el café de don Díaz, a las 14 horas, y esta vez el motivo no tenía que ver con la planificación de un nuevo golpe sino que era algo mucho más importante, y aunque no me había dado ningún detalle yo lo había notado en sus ojos al entrar al bar. De hecho no estaba equivocado: su padre había fallecido y debía viajar con urgencia a Italia para velar sus restos. Mi preocupación fue doble. Me sentía compungido por la noticia, porque había aprendido a valorar a Carlitos después de tanto tiempo de compañerismo, y a la vez una incertidumbre demencial se apoderaba de mí. ¿Qué iba a hacer hasta que vuelva Morán?
 Yo estaba sólo en este viaje, no contaba con nadie más que con Carlitos. Y ahora estaba sólo.
 Morán abandonó la mesa y partió rumbo a la terminal, yo  no lo acompañé porque aun esperaba el café que había pedido 20 minutos antes. Recuerdo que mi ira se concentró en la ausencia de ese café. En ese instante la muchacha partícipe de la confusión relatada anteriormente, por entonces desconocida, se acercó a la mesa y con una voz burlona me dijo: “no hay porque tener esa cara muchacho”. La miré desafiante. -20 minutos por un café, ¿podes creer?-, le dije sin titubear mientras me incorporaba de la silla para retirarme. Caminé dos pasos y sentí su mirada en mi nuca como un golpe, di la vuelta y nuestros ojos se entrelazaron.
 Salí del café reflexionando sobre la extraña situación vivida minutos antes y cuando giré en la esquina de Pueyrredón la vi. Seguía inmóvil, como cuando esperaba frente a una mesa la llegada de ese algo que nunca llega. Me acerqué casi corriendo y le pregunté si se había perdido. Me respondió moviendo el rostro que no, luego me pidió permiso para acompañarme durante unos minutos y caminamos por Pueyrredón hasta la plaza.
 Nos sentamos en un banquito sin respaldo frente a una fuente sobrepoblada de musgo. No comprendía aun con certeza el porque de su compañía ni mucho menos la coherencia de su accionar. De igual forma la observé durante unos minutos, analizando de esa manera cada uno de sus detalles pormenorizadamente.
 Las palabras no abundaron en aquel primer encuentro pero evidentemente algo se había encendido entre nosotros, en aquella vieja cafetería de barrio. Hasta antes del mes de enero de 1955 era inevitable para mí relacionar su presencia en aquel bar de Reconquista, a algún caprichoso plan del destino. Me podrán decir ustedes que el destino y las casualidades no existen, y que los hombres somos causas de nuestras acciones, pero en aquel entonces elegía creer en la ingenuidad  absurda de un destino.
 Los días posteriores a ese primer encuentro se sucedieron con notable rapidez, una rapidez abrumadora que a mi entender amenazaba el éxito de nuestra relación.
 Dos meses más tarde Carlitos Morán ya estaba de regreso y se disponía a reincorporarse a los negocios, todo lo contrario a lo que formulaba en mis siestas mientras dormitaba en la falda de Lucía. Yo imaginaba (mejor dicho, deseaba) que Carlitos, verdaderamente golpeado por la muerte de su padre, no pudiese continuar con las operaciones y los fraudes. Sin embargo, antes del invierno, Carlitos y yo ya estábamos planeando nuevos y majestuosos planes.
 Lucía desde el primer momento mantuvo una posición relativamente alejada a nuestra sociedad (¿criminal?) y hasta los primeros días de 1955 no habría de saber el porqué.
 Lo mencionado en los párrafos anteriores, para mi gusto, es suficiente contextualización. Es momento de atacar el nudo del problema: el día en que me condené a pasar el resto de mi vida vagando por pueblos solitarios sin compañía mayor que la vieja petaca de mi abuelo, sin más, por una decisión apresurada y estúpida.
 12 días de enero habían pasado del innato año de 1955 y con Carlitos Morán habíamos concretado casi 100 operaciones con éxito. Y aunque cada vez se reducía más nuestro margen de acción, y corríamos el gran riesgo de que alguien nos reconociera, lejos de portar una actitud temerosa y desconfiada, nos paseábamos enaltecidos por cada uno de los lugares que visitábamos en pos de una nueva estafa. A todo esto, Lucía permanecía en la ciudad de Reconquista, viviendo en una casa que le había comprado con la fortuna producto de más de dos años de fraudulencia. Debo aclarar en este punto que nunca, pero nunca, habría imaginado que el dinero y las joyas con las que nos pagaban los esperanzados compradores inmobiliarios, se volverían en mi contra y de qué manera!
 El día 13 me escabullí de la cama temprano, antes de las 7, y salí rumbo a la cafetería de don Díaz. Allí estuve hasta las 10 conversando con el propio Díaz, con quien había trabado una inusitada amistad luego del altercado del café, que ya había quedado en el pasado. A las 10 y cuarto advertí que había olvidado un juego de llaves, con el que abriría la casa una vez que Lucía se fuera a visitar a su madre. Por ese motivo volví al viejo caserón con un paso veloz. Recuerdo que uní los destinos en menos 5 minutos, algo que habitualmente me costaba más de 15.
 Admito que nunca había desconfiado con seguridad del amor de Lucía, sin embargo, cada vez que entraba a la casa, lo hacía con un silencio fantasmagórico, intentando de esa manera descubrir lo más oscuro del ser que me había hecho tan feliz. Pero nunca me había llevado tal sorpresa, por lo que dejaba todo el melodrama para el radioteatro. Pero ese día fue distinto, porque entré sin hacer demasiado explícita mi llegada pero en la oscuridad del porche, había tirado un jarrón y lo había despedazado. Aun así, Lucía no oyó el desastre y siguió en lo suyo. Caminé rumbo a la habitación pero no la encontré allí. Seguí mi camino hacia la biblioteca y en el trayecto oí murmullos que me parecían estremecedoramente familiares. Era una voz de hombre, apagada, que no lograba reconocer, sin embargo a cada paso mi cabeza echaba a volar cientos de posibilidades, algunas terroríficas como un asalto y otras no menos terroríficas como la visita del padre de Lucía. Son muchos pasos los que separan la habitación de la biblioteca y esta vez parecían más, seguramente por el temor que se había apropiado de mi cuerpo, imposibilitando el movimiento vertiginoso que me caracterizaba. En ese momento me sentí como caminando por una espesa neblina y no poder hallar una zona despejada.
 Cuando me paré frente a la puerta analicé dos opciones: una era entrar con seguridad y mantenerme en un sentimiento de tranquilidad ante las posibles consecuencias y la otra era acercarme a la rendija de la puerta para intentar oír la charla y ni siquiera correr el riesgo de sufrir una sorpresa indeseada. Me incliné por la segunda y acerqué mi oreja derecha por sobre el piso. El silencio se había apoderado de la situación, recuerdo que esperé no menos de 10 minutos entre aquella tranquilidad y la siguiente palabra del misterioso interlocutor.
 Me llevé una gran sorpresa una vez que asocié la voz grave y apagada con el cuerpo físico de mi querido amigo Carlitos, y fue aún mayor la sorpresa cuando oí a Lucía del otro lado.
¿Qué extraña cosa estaba sucediendo? ¿Era capaz mi gran amigo Carlitos de engañarme con mi amada Lucía? Pero no, era mucho peor, lo que había oído me preocupó a tal punto que abandoné mi sitio tras la puerta y huí despavorido.
Corrí sin ver a mis alrededores con una velocidad sorprendente, intentando no pensar. No obstante, sabía que era inevitable. Me senté en la plaza de Pueyrredón y recordé una y otra vez las frías palabras de Lucía, que daban vuelta en mi cabeza y amenazaban mi cordura. ¿Qué había dicho? “que el plan marchaba a la perfección, que yo era demasiado ingenuo y que, cuando lo disponga Morán, pondría punto final a la operación y podrían marcharse a Italia”. Reflexioné durante horas hasta que decidí volver a la casa con intenciones salvajes, pero cuando regresé ya se habían retirado.
 Salí de la casa hacia el hogar de Morán y en el camino me formulé cientos de preguntas. ¿Podía el encuentro casual con la muchacha desconocida que por entonces era Lucía haber sido obra de un plan fríamente calculado? ¿Carlitos era tan calculador? ¿Por unos cuantos millones de pesos sería capaz de tal traición? ¡Puta!, y tanto que había hecho yo por él y ahora me iba a matar por unos billetes...unos miserables billetes.
 Para cuando llegué a lo de Morán, las respuestas a mis interrogantes eran tan claros que hasta me sentía verdaderamente un niño ingenuo por no haber descubierto anteriormente tal brillante traición. Me atendió una muchacha que se hizo llamar Inés y me indicó que “el señor” Morán volvería en unos minutos. Decidí esperarlo junto a la puerta. Recuerdo que tardó exactamente 23 minutos en volver, lo suficiente como para que mi furia avance incesante por un camino jamás transitado.
 Sin embargo mantuve la tranquilidad y lo invité a acompañarme a la casa para mostrarle unos proyectos. Aceptó sin dudarlo y nos dirigimos a mi hogar.
 Una vez que llegamos le pregunté por Lucía, si es que no la había cruzado en su caminata por el centro, respondió que no y miró al piso. Entonces sonó la puerta, podía ser Lucía y facilitarme así el trabajo de tener que interpelar a uno por uno. Bajé las escaleras y abrí la puerta, entonces la vi, radiante como siempre, y antes de invitarla a pasar descubrí que mi amor por ella era incalculable. Pero para entonces mi rabia se acumulaba preocupantemente, recuerdo que en ese instante me creía capaz de cometer cualquier locura.
 Una vez todos arriba evité hacer menciones que dieran pie a sospechas entre los canallas farsantes porque en primera medida planeaba descubrir su maléfico plan pero no tenía un modo, así que segundo a segundo mis planes se diluían en una cortés charla. Pero fue una frase de Carlitos lo que me sacó totalmente de quicio, lo que hizo que ahora esté redactando estas líneas. Dijo: -Planeo visitar Italia en unas semanas- y río tibiamente mientras una mirada cómplice se deslizaba entre ellos. Lucía dijo que le gustaría conocer Europa y que se imaginaba prontamente paseando en góndola por Venecia. Para mí fue la gota que rebalsó el vaso. Un sentimiento inexplicable recorrió cada centímetro de mi cuerpo, me paré y tomé de los hombros el escuálido cuerpo de Morán para sacudirlo contra la pared. –Pará animal, lo vas a matar- gritaba desde un costado Lucía. Recuerdo que fue entonces cuando lo solté y le partí una silla de madera maciza, Carlitos no reaccionó más. Lucía, en tanto había intentado un inútil escape por la ventana que tuvo que desestimar por la altura del viejo caserón, entonces me atacó con una pata de la silla destruida por la cabeza dura de Morán. Era una mujer aguerrida, con cierta altura, y con piernas ágiles por lo que no pude evitar que me golpeara la rodilla y escapara por la escalera. La seguí intrépidamente y me abalancé sobre ella cerca de la puerta principal. A partir de ese instante sólo recuerdo que la sometí con la ayuda de unas cuerdas, rocié el viejo parqué con nafta, le pedí mil disculpas y encendí un cerillo. A lo demás sólo lo recuerdo por los artículos periodísticos, que, me permitieron reconstruir los últimos minutos de la vida de Lucía y que aún almaceno en un cuaderno bajo mi catre.
 Con seguridad puedo imaginarme que a nadie, hasta aquí, se le ha ocurrido delegar algún tipo de culpabilidad a mi persona, puesto que, estoy confiado en que más de uno reaccionaría como yo. Es más, hasta pienso en que muchos de ustedes me expresarían las más profundas de sus condolencias, por ser un pobre hombre y haberme condenado a pasar el resto de mi vida entre las sombras, vagando con cuidado por los pueblos esperando no ser reconocido.


lunes, 25 de abril de 2011

La operación Delmechiore

 El 27 de febrero se acabó la paciencia. Guiado por el abucheo general de los 1103 espectadores presentes esa tarde en el Coliseo Malvicino y por el escalofrío, doloroso, que le habían producido unos cubos de hielo al rozar su espalda, Juan Martín Delmechiore ese día sábado decidió poner fin al abusivo régimen del gerenciador Fernández. Delmechiore sabía que los miembros del equipo temían una represalia de Fernández, que también era comisario,  por lo que ni siquiera apelaban a ensayar alguna protesta. Pero ese día todo fue diferente.
  Durante el entretiempo y mientras unos escasos pero prepotentes asistentes (aproximadamente 100) al Coliseo se amotinaban en las puertas del vestuario visitante, este hombre de bigote finito y piernas largas reunió a sus compañeros y les habló con un tono pausado. –Esta charla tiene un motivo, muchachos, y ustedes lo saben bien. Veintisiete partidos seguidos no se pierden todos los días…Necesitamos que Fernández dé un paso al costado y yo tengo un plan-. La gran mayoría de los jugadores del club Ipanema tenían más de 30 años, transcurrían la fase final de su carrera y no eran afines de los planes en conjunto. De hecho, ese plantel tenía jugadores que contaban con la célebre marca de no haber cedido nunca una pelota a un compañero. Pero como dije anteriormente, esta vez sería diferente. No sólo porque algunos de los hombres del equipo habían recibido amenazas en sus hogares; sino también porque estaban hartos de que el comisario Fernández empuñara su pistola al momento de dirigir los entrenamientos. La situación había perdido todo tipo de seriedad según el zaguero Rodolfo Giulani, que era un hombre de 43 años y apenas si conocía el reglamento del fútbol.
 La charla de Delmechiore fue un conclave sumamente importante, donde se definiría gran parte del futuro de todos los hombres del club. Los que defendían al técnico (su hijo y un sobrino lejano suyo) se apartaron de la multitud y salieron al patio que daba al vestuario visitante, sin saber de la furia creciente de los pocos fanáticos que le quedaban al Ipanema. Por su parte, en la charla, Delmechiore aprovechó que el técnico-comisario-gerenciador Fernández nunca entraba al vestuario y tomó la pizarra donde el anterior director táctico (hacía más de 20 años)  dibujaba cilindros y líneas uniformes, para dar mayor énfasis a su mensaje. Comenzó con una entonación suave y a medida que sus compañeros lo alentaban a continuar, levantaba el tono de manera exagerada. -La idea es la siguiente-, dijo mirando la pizarra. –Tenemos que ir para atrás deliberadamente, hacer que la gente y el gobernador vean que esto no va más. Para eso vos (mirando a Giulani y acercándosele a su oído derecho) tenés que hacer lo siguiente: vas a lesionarte apenas volvamos a la cancha y te vas a trenzar con Gambarte. Lo demás dejámelo a mi-. Antes de finalizar la conferencia, algunos muchachos hicieron unas consultas, la mayoría de carácter intrascendente, pero todos dejaron constancia con gestos de que el mensaje había sido acatado.
 Una vez cumplidos los quince minutos de descanso reglamentario, y con Giulani aún en la ducha, el equipo se apersonó en la boca del túnel. Aguardaron unos instantes la llegada del zaguero partícipe del plan mientras refrescaban algunos conceptos. Giulani llegó los dos minutos tarde necesarios para que el referee expulsara al técnico Fernández y para que la operación RENACER viera la luz.
 Los 11 del Ipanema lucían más brillantes que nunca bajo el sol del estío. Hasta los dos hombres agredidos en las cercanías del vestuario tenían una prestancia diferente, estaban ansiosos por intentar despejar la nube de odio que sobrevolaba el ambiente.
 Delmechiore tocó la pelota con elegancia, giró e hizo un pique de 40 metros que sorprendió hasta a sus propios compañeros. Dos minutos más tarde Giulani avanzó hacia la segunda fase del plan. Se paró al lado de Gambarte, un mediocampista recio del Deportivo Carcará, y le dijo una serie de exabruptos que cumplieron con éxito su finalidad. Gambarte lo persiguió por el círculo central y le propinó una trompada olímpica. A esto le siguió el amontonamiento de los 22 en cancha en el centro de la escena y así la fase 3 encontraba su inicio.
 Delmechiore sabía lo celoso que era el técnico-comisario de su plantel  y apenas iniciado el tumulto se levantó de su asiento en la platea central para dirigirse hacia la cancha. Cuando Fernández llegó a la zona central del campo el éxito del plan corría serios riesgos porque los experimentados jugadores del elenco visitante se apaciguaron de una manera inexplicable; pero en ese momento Giulani tomó prestada una banqueta de un fotógrafo y se la partió en la cabeza al delantero juvenil Rentería. La furia se apoderó de todos, hasta los camarógrafos abandonaron sus puestos para ensayar algunas piruetas en la rabieta. Delmechiore, concentrado, empujó a Fernández por la espalda y le quitó el peluquín que lo acompañaba desde hacía ya 14 años. En ese instante el técnico fue más comisario que nunca, tomó su revólver Colt Python recién lustrado, apuntó al cielo y ejecutó 3 disparos. Los 22 jugadores, los 12 suplentes, la terna arbitral, los 1103 hinchas, el Gobernador desde su morada en Costa Sud, los 23 periodistas y cámaras autorizados a transmitir el encuentro, y los poco más de 3 mil asistentes televisivos al partido fueron testigos de como la calma, esa misma que antecede a un gran desastre, se reincorporaba con una rapidez sorprendente. Finalmente pasaron algunos segundos entre la errática actitud del comisario y la debacle total.
Todos, exactamente todos, confluyeron en el amarillo césped del campo de juego para iniciar el periplo que desencadenaría en el punto final de la controversial dirigencia de Fernández. Delmechiore acompañó a los equipos en su huída con éxito de la trifulca; Fernández en tanto quedó atrapado entre los disparatados hinchas.
 Calmos en el vestuario, y siendo testigos de como la policía iniciaba una represión nunca antes vista, los muchachos del Ipanema supieron al fin, al ver que el comisario caía desvanecido sobre una línea de cal, que el plan había sido ejecutado a la perfección. 
 El mundo entero se hizo eco del infame momento, al que seguiría la intervención del Gobernador y la consiguiente reestructuración del club.
 De aquel día aún se conserva enmarcado, en las vitrinas del club, el peluquín de Fernández, signo de la opresión derrotada por la revolución silenciosa de Delmechiore.

lunes, 28 de marzo de 2011

El tío Amancio II

Ya habían pasado casi 2 meses sin saber de él. Y no porque yo no quisiera sino que su vida de ermitaño propiciaba al desencuentro. Sin embargo el 23 de abril, dos días antes de mi cumpleaños, Amancio llamó a mi casa y dejó un mensaje preocupante. Y no es que yo no le haya creído a mi hermano por su notable incapacidad para recibir mensajes telefónicos sino que ese día había trabajado hasta tarde y mi humor no era el habitual. Además, para completar la grilla del infortunio, ya habían transcurrido más de dos semanas y yo seguía sin escribir ni una palabra.
 Al día siguiente recién le di entidad al mensaje del tío: quería verme urgente en Córdoba, más precisamente en el Patio Olmos a las 18 horas del día 24. Primero pensé en una de sus habituales bromas, luego en su ácido sentido del humor y finalmente evalué la posibilidad de asistir al encuentro, aún cuando estuviera a más de 500 kilómetros y mi auto no diera garantías funcionales. El mediodía aceleró mi decisión y antes de las 1 de la tarde ya me encontraba en la ruta, rumbo a la ciudad de Córdoba.
 No obstante el pesimismo de mi madre y de mi hermano, llegué al barrio cordobés de San Vicente a las 6 y 10 de la tarde. Pasé por la casa de Amancio, pero él ya no se encontraba allí. –Ya debe haber partido al encuentro-, pensé mientras conducía a toda velocidad por una avenida que rodeaba a La Cañada. Diez minutos mas tarde entré al Patio Olmos por la puerta de enfrente con un paso desesperado, casi sin mirar. Al llegar al final de la galería principal lo hallé. El gigante canoso estaba sentado en una mesa para dos y no prestaba atención más que a su agenda marrón, esa misma que le había regalado en mi última visita. Me senté enfrente de él y comenzamos a charlar. Enseguida mencionó que me mandó a llamar porque debía encomendarme una misión, para la cual era requisito excluyente que cumpliera con puntualidad el plazo de citación establecido. Seguimos charlando con el mismo tono familiar de siempre pero no pude obviar el dato de la puntualidad. ¿Acaso llegar una hora tarde era cumplir con el plazo establecido? Dudé durante algunos minutos pero finalmente lo olvidé. –Mañana vamos a jugar al golf y te termino de explicar todo -, dijo incorporándose de la silla. Luego nos retiramos.
 El 25 de abril, el aniversario número 23 de mi nacimiento, presentaba un marco para nada habitual.  Nos despertamos temprano y a las 9 de la mañana partimos en mi auto rumbo al Jockey Club. Pensé que quizá esa era una sorpresa de cumpleaños pero ¿que tenía que ver yo en un campo de golf? Si lo único que conocía de ese deporte, además de saber vagamente sus reglas, era que el ganador de un torneo en Estados Unidos tenía el derecho de vestir un simpático saco verde. Nada de eso importó al arribar a la cancha. Entramos a pie y Amancio cargaba consigo una bolsa con más de 10 palos, unas cuantas pelotitas y una boina digna de un gran personaje. Inmediatamente colocó una pelota en el piso y le pegó con fuerza. –Así comienza la magia de este juego- bromeó al ver mi cara de aburrimiento, y luego me hizo cargo de la bolsa de palos. –Pendejo te traje a esta provincia para que seas mi caddy-, dijo con notable seriedad, extraño para quienes conocíamos a Amancio. Yo sabía que mi tío no era un improvisado en ningún aspecto de su vida y eso me tranquilizó. El hecho de que estaba a más de 500 km de mi hogar y que había sido citado a ese lugar sólo para ser un aprendiz de golfista me llamó la atención, pero contrario a lo que esperaba, no me molestó.
 La tarde continuó con normalidad. El tío desparramó historias y anécdotas en cada metro cuadrado del extenso predio y yo caminaba a su lado con su bolsa de palos.  Lo veía feliz, como en su casa del barrio San Vicente o como cuando me visitaba una vez al año. Pero allí era en esencia otra persona. Su sonrisa de oreja a oreja mientras caminaba de un lado al otro, mientras perdía pelotas a lo ancho del terreno, me convencieron de que no había mejor regalo en ese día, que su felicidad.
 Seguimos los hoyos uno a uno, hasta que la luz nos abandonó por completo. En el camino aproveché alguno de los impasses del tío para mencionarle alguno de mis problemas, entre ellos, el que más me importaba solucionar: seguían pasando los días y yo continuaba sin agregar ni una palabra a mi boceto. –La urgencia no es compatible de la necesidad; cuando sea el momento vas a tener algo sobre que escribir- dijo con la calidez de un padre. Pasaron 2 minutos y siguió. -Para jugar golf tenés que ser un tipo extremadamente tranquilo y caminar durante horas con cara de preocupación -, me dijo y volvió a sonreir. Yo lo miré y me preocupé por prestar atención a cada uno de sus consejos.

miércoles, 23 de marzo de 2011

José sabía


 Todo tiene alguna explicación y don José lo sabía. O al menos creía saberlo.
Y no fue hasta el día 18 de mayo del corriente año en que el destino puso en jaque su paradigma. Ese día, José Zuviría se despertó en una habitación que no conocía y entonces temió lo que tanto lo preocupaba y mantenía en vilo desde hacía varios meses: pensó que se había muerto mientras dormía.
 Cuando abrió los ojos estaba cubierto por una colcha despedazada por el paso del tiempo y un ventilador ruidoso perturbaba la paz del cuarto de paredes blancas. La cama en la que se encontraba recostado tenía un colchón casi imperceptible a la vista y al tacto y chirriaba ante el más mínimo movimiento. En el momento en que había asumido su situación y el temor que lo invadía en primera instancia se había disipado, un joven entró sin tocar la puerta. –José ya es hora de levantarse – dijo con seguridad mientras se acomodaba un delantal blanco. José dejó su posición horizontal con asombrosa rapidez para un hombre de su edad y se calzó las alpargatas que tenía al pie de la cama. Mientras caminaba en círculos alrededor de la habitación se formuló toda clase de preguntas y descubrió que para la mayoría de ellas no tenía una respuesta que lo convenza. Y eso era nuevo para él, porque siempre se había jactado de ser un hombre de mundo, al que la ignorancia le parecía grotesca. Decidió dejar de lado sus planteos y salir en busca de algunos veredictos sobre su situación. Caminó tres pasos y se encontró con un pasillo que tenía el mismo color tenebroso del cuarto que había abandonado. Las puertas, había contado 6, se abrían de par en par y por ellas se asomaban otros ancianos y ancianas, que en su mayoría miraban al piso y vestían de igual forma. –Debo estar en el cielo de la tercera edad- pensó, y aunque quiso reírse no pudo.  Continuó su marcha hasta una escalera, allí se detuvo y la contempló unos segundos, pero la duda y el temor se debatieron de nuevo en su cabeza y no pudo subir. Giró y cuando se dio cuenta se encontraba rodeado por unos hombres que le hablaban con un tono familiar y a José eso le resultaba siniestro. No sólo porque no comprendía lo que decían sino que se le acercaban cada vez más, al punto de arrinconarlo contra la pared. En aquel instante, el mismo joven que había irrumpido en su cuarto temprano, se asomó golpeando una pequeña campanita y de esa manera los hombres dieron un paso hacia atrás y se retiraron. José lo tomó del hombro y caminaron hacia el otro lado del pasillo, hasta un improvisado comedor. En ese trayecto le preguntó todo lo que pudo, pero no fue suficiente ya que  lo único que había logrado obtener del joven de delantal era que su presencia en ese lugar no era una novedad, de hecho este le había asegurado que lo conocía desde hace varios años y que nunca lo había visto con el gesto de terror con que lo había hallado un rato antes.
 La preocupación se impuso entre sus sensaciones para cuando tomó un lugar en el comedor. Se sentó en una silla de madera al lado de una ventana que daba a un patio interno y miró la maleza que crecía de una grieta durante varios minutos. Sólo así pudo concentrarse en pensar alguna estrategia para sobreponerse a este reto que se le había planteado, porque si bien había fantaseado con su teoría de la vida después de la muerte, el paso de las horas había puesto en evidencia lo absurdo de ese concepto. Su panorama era desolador y estaba demolido, abrumado. Y si es que existía una vida en el más allá, no podía ser tan aterradora.
Pero aún no estaba vencido. Se paró con decisión y se esfumó de la mirada del hombre de delantal, avanzó hacia el cuarto y buscó algunos objetos que revelaran indicios de su pasado o de su misterioso presente, pero la búsqueda fue en vano. En ese preciso momento advirtió que la clave para entender todo era consultarlo con los ancianos que aparentemente convivían con él. –Todo el tiempo estuvo frente a mis ojos y no me di cuenta- se repitió una y otra vez mirando la etiqueta en su chaleco que lo identificaba como José Zuviría y se lamentó por haber perdido la chance de interpelar a los ancianos sobre su situación.  Se había dejado vencer por el miedo, y según él, eso era cuestión de cobardes.
No obstante, en ese momento el joven de delantal se interpuso en su cometido y lo llevó de nuevo al comedor. –Tenés que ser obediente acá- sentenció furioso. A José no le había interesado la actitud del hombre de blanco dado que en cuanto encontró en los viejos hombres una posible respuesta había huido a lo más recóndito de sus pensamientos para idear un plan maestro. Y él era especialista en esas cuestiones…
Alguna vez ese hombre al que el cabello le era esquivo, y al que la artrosis azotaba por las noches, había sido un gran planificador. Ya había tenido éxito cuando se graduó como cirujano pese a sus manos temblorosas y cuando logró ser el primer tucumano en ganar un premio Nobel. Sin dudas había sido un hombre afortunado, sin embargo en ese momento era pura incertidumbre, un desconocido hasta para sí mismo.
 Su plan necesitaba varios días, aproximadamente cinco. Durante los primeros dos se encargaría de compenetrarse en la rutina de ese extraño lugar y en los restantes daría paso a la etapa más importante: concretar el contacto y obtener la información necesaria.
 Los días se sucedieron con un ritmo frenético. El tiempo en ese lugar parecía correr con prisa para José. Por ese motivo y otros tantos, cuando llegó el día más trascendental del plan no se encontraba listo y tuvo que posponer la operación. La problemática residía principalmente en que debía actuar con frialdad e inmiscuirse entre esas personas, ser uno más entre ellos, empero no podía lograrlo. Definitivamente esas personas no eran de su agrado, es más, cada vez que se les acercaba, no obtenía de ellos más que un tímido saludo e indiferencia.
 En diez días José sintió corromperse sus esperanzas. Empezó a no dormir, a hablar solo y a temer el contacto con cualquier persona. En su peor momento, cuando ya había pasado varios días sin hablar ni comer, y su accionar se limitaba a contemplar el techo durante horas, alguien golpeó la puerta con una impaciente y vigorosa fuerza juvenil. A José le extrañó este hecho porque nadie acostumbraba a tocar la puerta de su habitación, pero no lo molestó en lo absoluto y siguió impávido, como lo hacía desde el 19 de mayo.
 Tres personas pasaron y tomaron lugar en la cama. José seguía absorto. Se notaban impacientes e inquietos, en especial la más joven, una niña de unos 5 años que no paraba de gritar. Ese sería el último día en que el viejo José extrañaría al silencio.
 Los restantes eran un hombre de unos 30 años vestido de traje y una mujer de igual edad con un sombrero prominente. José intuyó que se trataba de una pareja. Ellos le producían un sentimiento de inseguridad, sin embargo continuó mirando la puerta sin demostrarles ningún tipo de reacción. La niña siguió recorriendo el pequeño cuarto hasta detenerse frente a José. Lo miraba con extrañeza pero al anciano no lo incomodaba, al contrario, la criatura provocaba en él una sensación de alivio y calidez. Luego se le montó sobre las rodillas y jugó con sus escasos cabellos durante unos minutos. En ese instante José volvió en sí y cortó con la pasividad de sus visitantes. ¿Quiénes son ustedes?, dijo mirando al hombre de corbata amarilla y este respondió sin titubear: –Yo soy tu hijo y ella es tu nieta-. José lo miró de nuevo y no le creyó. Si él era su hijo, ¿Por qué lo dejaría encerrado en un lugar como ese? ¿Podría realmente su propio hijo hacerle eso? Dudó durante unos segundos y volvió a arremeter. -¿Desde hace cuánto estoy acá?- preguntó con tristeza. El hombre lo miró y le dijo: 2 años y medio y de inmediato sacó una foto fechada en la que José abrazaba a algunos de sus compañeros de convivencia.
 Eso no podía ser cierto, se dijo José a sí mismo intentando consolarse y volvió a su silencio perpetuo, mientras en su interior confirmaba el peor de los presagios y daba forma a la respuesta más trascendente de sus días. La niña dejó sus piernas y volvió con la pareja, quienes conversaban en un tono silencioso y se miraban con resignación. Dos minutos más tarde abandonaron la habitación.
 El anciano siguió en su lugar y casi ni se inmutó al conocerse habitante del Instituto de Salud Mental Integral desde 1999 porque todo tiene alguna explicación y don José lo sabía.



lunes, 21 de marzo de 2011

El hombre que creó el fútbol

Eran finales del 2255 cuando me dieron el título honorífico por ser el hombre más viejo del mundo. Ciento cuarenta años, ¿quién lo diría, no? Y más teniendo en cuenta que de joven no había sido parte de la patraña mediática de los yogures bio-desarrollados y las berenjenas extraordinarias  cultivadas en la moderna República de Cumuco.  No, nada de eso.
 Todavía, desde que destroné al por entonces hombre más longevo del mundo (un chino simpaticón), no me había acostumbrado al acoso periodístico y a sus extraños modismos y muletillas.  Cada uno de mis cumpleaños, los reporteros con los ojos apesadumbrados por el calor de mi pueblo se presentaban con el tópico de siempre: ¿Cuál es la receta para vivir tanto? Y yo, desde que tengo 130 (cuando me hice conocido mundialmente, valga la aclaración) no sé que responder.
 Pasé noches y días preguntándole a mi inconsciente y al más perspicaz de mis bisnietos, quien lleva una pequeña reseña biográfica mía por iniciativa propia, que hice para merecer en (tanta) demasía el don de la vida. Recordé y seguí recordando, y un martes templado de marzo por fin encontré la respuesta: era el fútbol la causa y consecuencia de mi longeva vida.  Seguramente se preguntarán cómo arribé a esta conclusión y se sorprenderán por lo simple de su explicación.
Cuando joven nunca me había inclinado hacia la llamada “vida sana”, de la que tanto se ufanaban médicos y doctores sin licencia en la televisión. De hecho, en pleno acto de una rebeldía juvenil sin sentido abandoné mi hogar y por consiguiente desistí de los requerimientos calóricos mínimos necesarios para mi buena salud. Fueron 14 meses largos lejos de mi familia, en los que perdí peso y disminuí notablemente mi condición física.
 Una vez restablecido en la monótona realidad familiar, continué viviendo una vida descarrilada, como solía decir mi madre, en la cual nunca faltaba la cerveza al borde del abandonado predio de la Facultad de Veterinaria en el barrio de Agronomía.   Pasaron muchos años y muchas ideas. En ese trayecto los chicos del barrio, los amigos de toda la vida, pasamos numerosas veces por esas etapas en las que las utopías son tan ciertas que uno las puede tocar con el dedo índice.
 Entre nuestros sueños más frecuentes se hallaba el de crear un propio club para reivindicar al fútbol,  deporte que había sabido enardecer de pasión a cientos de millones de personas a lo largo del globo y se encontraba en un impasse ocasionado por las fechorías dirigenciales operadas desde Zúrich. Otra idea consistía en licitar el extenso predio de la facultad para estimular  el crecimiento de los por entonces extraordinarios vegetales milagrosos.  Sin embargo fue la primer idea la que estuvo a punto de concretarse ante la inminente desaparición del club del barrio, el glorioso Comunicaciones, en 2147. Y fue este, el “cartero” de Agronomía, el que redireccionó el eje de nuestros anhelos utópicos hacia otra parte, más precisamente hacía el propio club. 
 En 2150 Rubén Paz, el chico que derrochaba tanto dinero como simpatía, hecho ya un hombre, asumió como presidente de la comisión de salvataje propuesta por los vecinos para rescatar a la institución barrial. Me nombró como su mano derecha y juntos sufrimos la precariedad del fútbol argentino: la falta de estadios, el penoso estado de las canchas y la no menos importante ausencia de dirigencia en la Asociación del Fútbol Argentino, disuelta por orden de la FIFA unos años antes. No obstante, pese a esa cruel desición, la pelota nunca había dejado de girar ya que el desaparecido San Lorenzo de Almagro junto a una nómina de clubes antiguos decidieron crear una liga aparte y seguir dándole a la pelotita. El saldo fue terrorífico: 5 campeonatos jugados y todos obtenidos por el flamante socio fundador azulgrana.
 Paz y yo decidimos continuar con la reestructuración del fútbol de nuestro club y asimismo colaborar con la reanudación de los campeonatos nacionales, cosa que también habían iniciado en los principales países del mundo miles de jóvenes audaces. Los demás amigos barriales se adhirieron a nuestra campaña de una manera voluntaria y genuina, que, quienes habíamos tenido la oportunidad  de conocer el fútbol en tiempos anteriores a la desaparición de FIFA,  los comparábamos con los perdidos barras-bravas.
 Todo seguía un ritmo acelerado pero ordenado hasta que una de las primeras mañanas del 2152 me levanté de la cama asustado por un zumbido en mis orejas. Me incliné frente al espejo del baño y cual apagón generalizado, mi sentido auditivo dejó de funcionar totalmente. No oí a mi madre, aun teniéndola al frente mío, ni al médico que acudió al rescate de sus desaforados alardeos. Pasaron 10 días y nadie supo hacer un diagnóstico correcto del porque de tan extraña paralización en mis sentidos.
 En principio, reaccioné con optimismo porque sabía sobre antecedentes de personas que habían perdido la audición y la recuperaron en un lapso relativamente corto de tiempo, sin embargo, ese momento marcó el final de mi carrera dirigencial. Rubén, con quien ya había compartido innumerables vivencias,  me visitó una semana después de mi irreparable pérdida. Vino con una carta en sus manos y traía consigo menos gracia de la habitual. Estaba realmente compungido.
 Leímos la carta en la sala, y al finalizar una de las primeras líneas lo miré con un gesto de preocupación, una preocupación sincera. Me incorporé de la silla y en ese momento no alcanzaron los ademanes para mostrarle mi desagrado ante lo que había leído… porque quería ponerle mi nombre a la platea que yo solía frecuentar en el estado de “Comu”. No pude oír sus explicaciones ni leerle los labios pero inmediatamente le expresé mi negativa ante tal apocalíptico gesto.  Rubén se retiró y sólo así yo me calmé. Tomé un lápiz y redacté 2 hojas indicándole que no era necesario ese homenaje en vida y además no me iba a morir ni planeaba hacerlo en la proximidad.  Vaya paradoja.

 El 1er Torneo Preparación ya andaba por la 4ta fecha y Comunicaciones aún no había sido local por un error del improvisado tesorero Mario Valenzuela, quien se había olvidado de colocar unas bolillas a la hora de sortear el fixture. El día del sorteo estuvieron presentes todos los presidentes de los innatos clubes de la capital y otros tantos del Interior. Aprovecharon la reunión para sentar las bases de la nueva asociación de clubes. Casi sin mediar palabras, Rubén Paz se hizo cargo del mayor cargo en la nueva Federación y completaron la lista de vocales un dirigente por equipo, entre los que se destacaba un pícaro rubio de mirada amenazante llamado Julio Martínez, que representaba a la Unión deportiva Rio Grande.
Volviendo al torneo, Comunicaciones enfrentaba en la quinta jornada, por fin en su cancha, al complicado equipo catamarqueño de Ferrocarril Norteño, equipo dirigido tanto en la cancha como fuera de ella por un joven empresario transportista, y yo temía que llegara ese día porque no quería que mi querida platea norte tenga el nombre de alguien que no lo merecía.
Y aunque el tiempo es una ilusión, ese día vino tan rápido que no alcancé a prepararme.  Aún lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Era un domingo soleado y la temperatura invitaba a jugar al fútbol. Me levanté de la cama, desayuné y chequee mi correspondencia. Luego me vestí adecuadamente para un homenaje (inconscientemente)  y caminé las 2 cuadras que separaban mi casa de la cancha. Entré rápido y me encontré con lo que esperaba: un gran festín en mi nombre y los hinchas de siempre dispuestos a festejar la inauguración de la renovada platea.  Reaccioné rápida y coherentemente, acepté saludos e intercambié buenos deseos y luego todos nos acercamos a la nueva tribuna; era hermosa, recién pintada y las butacas eran de un nivel superior al esperado por los fanáticos. Me senté en la primera, la de siempre y esperé el inicio del partido.
 Hasta ese día nunca había discutido una decisión arbitral, sin embargo, con mi nueva situación de sordo, tenía ganas de poner un grito en el cielo por la injusticia que estaba observando, y no podía. Ver eso me remontó al momento en el cual el fútbol dejó de ser lo que era, el día en que la FIFA optó decididamente por darle la espalda a los jugadores y guiarse por la economía de mercado, aún más de lo que acostumbraba. Imposible no hacer mención de ese tema dado que fue la gota que rebalsó el vaso. Acá hago un pequeño resumen: Hasta 2130 sólo se permitía un jugador androide por equipo. En 2140 ya eran cinco más los árbitros y finalmente en 2148, el presidente de la federación más importante del fútbol mundial, mediante un decreto fundado, incorporó la regla que daba libertad a los equipos de todo el mundo a contar en sus filas con la cantidad de jugadores robóticos que quisieran. Al día siguiente de que el secretario Lewandosky diera publicidad a la nueva medida, el gremio que nucleaba en aquella época a la mayoría de jugadores humanos de fútbol inició reclamos a lo largo de todo el planeta y el deporte rey nunca volvería a ser el mismo, por lo menos eso creía en ese momento.
 El pope de la FIFA decidió no dar marcha atrás pese a las medidas de fuerza iniciadas por los futbolistas, entre ellas la paralización total del juego en el mundo, y continuó con su plan por la gran cantidad de intereses económicos que recaían en él por parte de las crecientes corporaciones de robótica. El punto final se dispuso el 23 de julio de 2148, día que la Confederación mater anunció su disolución. 
 Sin embargo esa historia era parte del pasado por la pujante actividad de los hombres de Agronomía y de otros tantos barrios en el globo, y yo estaba donde siempre quise, al lado del verde césped de mi querido club y viendo una de las peores injusticias jamás cometidas, algo que no acostumbraba a verse en los campos debido a los celosos tecno-árbitros, quienes dirigían con cuidado y efectividad. No podía creerlo, ¿nadie se daba cuenta de que el jugador de Ferrocarril había tocado la pelota con la mano? Parecía que no y yo quería gritar y no podía. 

 Una vez finalizado el partido, me paré, di unas vueltas para tranquilizarme y me tomé una cerveza. Tenía una sensación de vacío como la que deja una despedida.
Al mes siguiente, me reuní con mi amigo Rubén Paz y traía consigo otra carta-noticia inesperada: había conocido a un hombre capaz de curar mi inexplicable sordera. Yo no le creí y me reí de costado porque ya había escuchado de los chantas que se jactaban de milagrosos y finalmente sólo ocasionaban ilusiones sin sentido.  Terminé accediendo ante la insistencia de Rubén y juntos fuimos al consultorio en Avellaneda, cerca de donde solía estar el viejo estadio de Independiente. Allí nos atendió un viejito, joven a comparación de mi actualidad, y me dio unos caramelos con formas irregulares y no menos graciosas. La vuelta al barrio fue una ola de cargadas y bromas tácitas por parte de los dos, ya que habíamos andado toda la ciudad para que nos dieran los caramelos más caros de la historia.

 Tras una semana del dulce “tratamiento” recuperé la audición por completo. Me asusté al oír de nuevo porque fue una sensación tan extraña como placentera. También de a poco fui recuperando el habla y para la fecha 9 ya oía y parloteaba mejor que cualquiera.  No obstante, antes de ir a la cancha ese día fui a buscar al viejito de los caramelos pero nunca lo encontré y nadie supo darme un paradero correcto del hombre que había corregido mis problemas.
Volví decepcionado a mi casa y, sin mediar palabras, me retiré rumbo al estadio, más precisamente a ese lugar donde era de nuevo yo: la reconfortable butaca de “mi” tribuna.  El día no era el mejor, pensé, pero igual comprendí que los días malos suceden y son inevitables en la existencia. Me paré en la puerta del estadio, ingresé tranquilo y esperé por la felicidad que había vivido en la entrañable fecha 5 aunque no tuve éxito en mi cometido. La fiesta brillaba por su ausencia, las tribunas estaban repletas pero grises y los jugadores en la cancha no eran felices al ponerse en contacto con la pelota, al contrario, tenía la sensación de que se la quitaban de encima en cuanto se apoderaban de ella.
 En ese momento comprendí lo grave de la destrucción del fútbol, Lewandosky y sus anuncios catastróficos se habían llevado algo más que las Federaciones, habían desaparecido la pasión. Al instante pedí reunirme con Paz y le pregunté si siempre había sido así desde que juntos habíamos puesto en marcha el ambicioso proyecto de revivir al deporte. Me respondió con tristeza que sí.
Me retiré indignado y volví al día siguiente más temprano que de costumbre, listo para acelerar en la construcción de un plan para revitalizar el fútbol.  Inicié reuniones con los vocales y Paz me sorprendió con un nuevo gesto inesperado: me nombró presidente de la Federación Argentina y me dio las bases para guiar al resto de los clubes fundadores. Hoy, en este día, al conceder esta entrevista puedo decir que tras 70 años al frente de la Federación aún abogo por el motivo que me trajo a este mundo: el fútbol.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Lo que recuerdo del domingo

Me lo había dicho temprano y yo no le creí. -Que estúpido-, pensé mientras me retorcía del dolor y pedía auxilio en vano. En vano porque todos sabemos que a las 3 de la mañana de un lunes nadie anda en la calle...
 Todo se remonta al día anterior, más precisamente al comienzo del domingo 12 de abril. Ese día, yo me había despertado con los primeros rayos del sol y estaba presto a pasar un día normal, sin exabrupto alguno más que una tímida resaca producto de la noche anterior. Sin embargo en los planes de Gonzalo Vedía no figuraba tal cosa. 
 Acomodé lo  que siempre solía acomodar, primero mi almohada, luego la mesa de luz y por último el escritorio donde trabajaba de lunes a viernes. Con la cara limpia salí de mi casa rumbo a la panadería, donde compraría lo necesario para un desayuno rápido. Hasta aquí todo me resultaba familiar. Los rostros escasos de las personas que aprovechan el esplendor del día, en su mayoría ancianos, me hacían olvidar de a ratos que mi cabeza necesitaba un descanso prolongado. -La noche me está pasando factura- me repetía a mí mismo en voz alta mientras caminaba las 12 cuadras que separan mi viejo departamento del centro de la ciudad. Ese viaje de ida y vuelta y las visitas de los lejanos amigos eran mi único escape a la realidad, debido a que me encontraba sumergido en un mundo surrealista a causa de mi trabajo. Pero no me quejaba, al contrario, lo asumía como un plan del caprichoso destino.
Antes de entrar a mi casa, al pasar por el pasaje Magallanes, la mirada extraña e inquietante de Gonzalo Vedía desde la vereda de enfrente, como casi siempre, me había asustado.  Pasaba con frecuencia. Admito que más de una vez le temí al verlo concentrado en la matanza de cerdos. También admito que yo no confiaba en la cordura del hombre con el torso desnudo que me miraba con desprecio. Sea porque lo hallaba extraño en sus comportamientos o porque no se había criado a la par de los demás niños del barrio, debido a su prematura iniciación en el mundo del trabajo, lo cierto era que Gonzalo no causaba en mí ningún tipo de sentimiento benevolente y en ese domingo de abril se encargaría de confirmarlos.
 Gonzalo era más alto que yo, tenía una cara redonda con una sonrisa de dientes grandes y blancos que resaltaban por el tono ocre de su piel y sus manos rasgadas evidenciaban los 12 años de trabajo intenso a los que había sido sometido. Él no hablaba con nadie más que con su padre, ese hombre inmortalizado por la silla de mimbre en su porche, pero ese día cambiaría ligeramente sus planes. 
 Para cuando entré a mi hogar, estaba tan intrigado por el vecino y sus actitudes extrañas, que olvidé el desayuno. Decidí salir de nuevo para intentar repetir esa sensación y así dilucidar mis dudas, que por entonces ya inundaban el patio. Entonces el timbre me tomó por sorpresa, caminé apresurado a la puerta y miré por la rendija como Gonzalo se alejaba con un paso seguro de la entrada de mi casa. Tomé las precauciones necesarias y salí a chequear la normalidad de las cosas. Sólo a la vuelta pude descubrir el saldo de la visita inesperada de mi vecino, que antes de irse había dejado bajo una piedra un pequeño sobre de papel madera. Mi sorpresa fue inmediata, tanto por el inesperado gesto como por el hecho de que ese salvaje hombre conocía la lecto-escritura. Tomé el papel del suelo y entré a mi casa. El texto era breve y estaba escrito con un lápiz azul. Lo leí una y otra vez, y en cada ocasión más me costaba asimilar el mensaje. Mi reacción de incredulidad ante el mensaje fue instantánea porque aunque temía por los actos bárbaros que había visto cometer a Gonzalo, en el fondo de mi consciencia tenía la convicción de que ese gigante hombre era un incomprendido solitario. Dejé pasar las horas, y cuando el sol desapareció del horizonte ya me había olvidado totalmente de la pequeña proclama que había recibido. –Que estúpido había sido-.
 Dieron las 12 y me alisté para dormir. Una vez acostado, recordé que no había asegurado la puerta con el candado que siempre colocaba. Me incorporé a duras penas y llegué hasta la puerta, la abrí y contemplé la enormidad de las estrellas, dueñas del cielo nocturno. En ese momento volví a sentirme vacío, como cada día previo a mi caminata. Decidí que era momento de volver adentro pero antes enrollé la manguera con la que había regado unos días antes. Me arrodillé y sólo ahí lo descubrí, junto a ese escozor que me carcomía la espalda se encontraba Gonzalo, quieto y sosteniendo en sus manos el afilado cuchillo con el que degollaba cerdos.
 Su quietud se esfumó en un santiamén, me rodeó y alcanzó a asestarme dos golpes letales. Los suficientes para recordar que Gonzalo había decidido matarme en la noche. ¿El motivo? En las 5 líneas de su notificación aseguraba  que mi mirada diaria lo perturbaba, lo agobiaba al punto de no dejarlo trabajar con normalidad. Por esas razones, él había tomado la decisión de desaparecer esa mirada, la mía, y yo había sido tan ingenuo…






jueves, 10 de marzo de 2011

El tío Amancio


Sesenta y tantos años tenía Amancio en su primer viaje a mi provincia, Tucumán. Tío de quien escribe, el hombre llegó a la terminal tucumana ni bien pasado el mediodía. Calmo, como acostumbraba en cada uno de sus tantos viajes, tomó la valija del fondo de la bodega y caminó hasta la avenida donde, por fin, pudo subir a un remis y abandonar el caos que produce el recambio turístico de mediados de Enero.
Para cuando tocó el timbre de mi casa, Amancio ya había sudado más que al momento de patear su primera penal para el General Paz Junior en el 67'. -El calor del norte me mata- fue lo primero que dijo al tomar sitio en la primera silla que se le cruzó en su camino. En cuando adoptó una posición un tanto cómoda lanzó la primera de sus anécdotas características, esas que alguna vez habían mantenido entretenido al mismísimo Perón.
"Sobrino, ¿Sabías que yo fui el primero en patear una penal con las dos piernas ?", dijo con tono pausado. No pude contener la risa porque yo sabía que en gran parte de las ocasiones en que disparaba sus vivencias era para mostrarse como un tipo simpático y gracioso.  Sin embargo antes de lanzar la primera carcajada el tío ya había desviado el eje de su discurso hacia otra particular historia: era el momento del relato del arquero-delantero.
En 1973 cuando Amancio Suárez no había cumplido ni un año defendiendo de manera ininterrumpida los tres postes de su equipo enfrentó por la Liga Cordobesa al Racing provincial. En ese partido habría de producirse un hecho particular del que los escasos medios locales harían la noticia deportiva del día.
  Faltando 10 minutos para finalizar el encuentro, Amancio -del que por entonces no se sabía más que su nombre y que en su pasado había defendido los colores del Boca Juniors campeón del 65’- jugó con la salud de los cientos de hinchas que acompañaban al "albo" porque en un instante de parafernalia abandonó su posición de arquero para direccionarse hacia donde estaba el cuerpo técnico. Nadie entendió la conducta del número 1, que en ese entonces contaba con un marcado carácter juvenil fuerte. Amancio se sacó los viejos guantes del club y la camisa que lo identificaba como el golero local, tomó una camiseta de jugador de campo y volvió a ingresar a la cancha. El árbitro, para fortuna de mi tío, no había alcanzado a observar su travesura sino le habría correspondido la segunda tarjeta amarilla y la consecuente expulsión del partido. Pero había zafado de los ojos del juez y sólo faltaba la siguiente parte del plan, que era colocarse en la posición de centro-delantero para poner fin a la sequía del marcador -empatado en 0-. Para cuando reingresó al campo, llamó al compinche defensor Julio Nestor Díaz con un ademán furioso y lo mandó al arco para entonces concluír lo que para él sería una tarea demasiado simple desde su visión agónica de arquero. Corrió los 100 metros largos del césped como si fuera un leopardo y pidió asistencias a sus compañeros con gestos de todo tipo. Pero tuvo que esperar que el mismo Julio Díaz hiciera partir un bochazo de 40 metros faltando pocos segundos para el final. Controló con dificultad la pelota y en ese momento sintió que el tiempo se detuvo. Allí volvió a ser el arquero humilde del barrio San Roque y eso lo conmovió en su nuevo rol de atacante; para entonces ya había eludido la marca de un rival y se encontraba próximo al remate. Otra vez todo se detuvo. Amancio volvió imaginariamente al lugar del que nunca tendría que haber salido, su área chica y sólo desde allí vislumbro la obviedad del punto débil del arquero rival: su pierna izquierda tardaba un momento más en reaccionar que el resto de su cuerpo. Para entonces se había visto obligado a apurar su definición y optó por un tiro rasante al palo más lejano que su visión periférica identificó. La pelota inquieta tocó la base del poste que apuntaba  a la calle Arenales y se coló al fondo de la red de cuero de chancho.
 Un gol tan extraño tuvo que tener una celebración extravagante, pensé. Pero no, nada de eso. Amancio siguió el relato sin ampliar demasiado en detalles. Me dijo que sólo había festejado el gol con un grito seco, como el de un indio que va al choque contra un vaquero y se rió. Yo no entendía el porqué de la docilidad de ese festejo pero no quería caer en el pantano de la repregunta porque nunca me habían gustado los cuentos pausados y con mi tío me costaba hacer una excepción, pero la hacía a duras penas. Noté su mirada exhausta y recordé que ese viejo simpático en abundancia ya casi no tenía quien oiga sus relatos/ficciones y que en algunas ocasiones lo habían visto recorrer plazas y subirse a colectivos que no lo llevaban a ninguna parte sólo para improvisar interlocutores. Lo cierto era que sólo yo, su “sobrino de lejos”, lo oía con respeto y esperaba el final de sus cuentos que a menudo se entrelazaban con otros y duraban horas. Fue entonces que casi sin querer le pregunté sin perder el hilo de la conversación por que casi no había festejado el gol. La respuesta fue inmediata: -es que estaba nervioso porque después del partido tenía que ver al Presidente Perón-. Me quedé perplejo y me sentí burlado...¿Para qué tendría que ver mi tío al presidente?. A partir de ese momento comencé tibiamente a adherir a la idea del único hijo que seguía en contacto con él y sentenciaba que ese viejo era un maníaco mitómano, pero lo dejé continuar..."Perón sancionó la ley 20.843 y yo por ser el séptimo hijo varón y además un hombre lobo en potencia tenía que recibir alguna mención… ¿O acaso no sabías?".  Y con una breve reseña sobre licantropía comenzó de nuevo...


* Dedicado a mi tío Claudio Amancio, el verdadero, el poeta.