miércoles, 4 de abril de 2012

Cumpleaños número 22

 Me he acostumbrado, desde hace largo tiempo, a no esperar demasiado de mis cumpleaños. Al decir esto no hago referencia a lo estrictamente material sino al día en general.  El 5 de abril no es más que otro aniversario de mi lejano nacimiento, y como tal, suelo recibir algunas felicitaciones y algún que otro obsequio que surge de improviso.  Me dice mi madre que he perdido la emoción, y que, al igual que ella, tendría que desear, con fuerza, que los 364 días siguientes pasen lo más rápido posible para que llegue otro cumpleaños, porque es una fecha especial. Considero, efectivamente, a mi cumpleaños como una fecha especial en el calendario; pero tan sólo como un día culmine en el que finalizan las vivencias con una determinada edad para pasar a un siguiente nivel, con mucha más madurez y con nuevas metas. Muchas veces, la mayoría de ellas, los niveles avanzados se parecen considerablemente, sin embargo, ser consciente de tales efectos hacen ponerme en carrera de un crecimiento ostensible, pronunciado.   Con 20 años podía dedicar numerosas horas a la televisión, con 21 no tantas. Con 21 podía actualizar con una constancia rutilante mi vida en las redes sociales, con 22 ya no puedo.
  “Cumplir 22 años no es moco de pavo mijo”, me aseguró una señora en el colectivo. Para la señora, tener 22 es mucho más que tener 21. Obviedad aparte, estoy seguro que esta afirmación (que parece un chiste pero no es), sólo encuentra una significación seria en el contexto concreto  de nuestra conversación. Con el seño fruncido y la mirada torcida le ha bastado para que yo arribe a su punto. Porque la anciana ha querido decir que con 22 años ya se ha tomado otro camino. El que anteriormente había presentado una bifurcación y una muy buena señalización,  se ha transformado en un pequeño sendero por el que hay que andar con sutileza, previniendo cada paso, ya que la más leve modificación al trazado puede alterar e interferir en un andar ajeno.  Todo esto he podido inferir de la señora, que me ha transmitido asimismo, otras cuestiones del tema cumpleaños.
 Las responsabilidades se han multiplicado. Mientras que con 21 años uno permanece timorato, pendiente de cualquier cuestión repentina, pero ya se sabe un ciudadano, con las adyacencias legales que le competen; con 22 debe empezar a actuar, ponerse el overol, forjar y consolidar esa ciudadanía que se le ha atribuido. Es también época de conseguir los primeros empleos fidedignos, de empezar a sentar cabeza en el amor y de conceptualizar las primeras planificaciones, porque, como mencioné anteriormente, ya no se trata sólo de uno, sino de dos o tres.

 Más allá de esta reflexión, he pasado por alto una cuestión fundamental.  Desde 2010, cumplir años tiene otro significado para mí. Es la época que da paso a la conformación de un nosotros pleno, del inicio del último tramo del amor más genuino. Amor que ha tenido frutos, el más puro, y al que le ha bastado con poco para haberse convertido en el regalo más excepcional y transformador. 

 Desde este, mi cumpleaños número 22, he comprendido que lo sustancial del 5 de abril no encuentra sentido en tanto espera de sucesos especiales, sino en la medida en que puedo contemplar el camino a recorrer con una sonrisa esperanzadora.